domingo, 8 de mayo de 2016

Ignacio Blanco Cordero: Un médico entre la leyenda y el mito

Se cumple este año el cuarenta aniversario del fallecimiento del médico aragonés Ignacio Blanco Cordero, hace unos días un paciente suyo llamado Jesús y que ahora cuenta con 75 años me contaba que estaba vivo gracias a él. A los treinta y cinco años le diagnosticaron un tumor cancerígeno y acudió a la consulta del doctor Blanco. Este le dicho que con su tratamiento podrían aislar el tumor y más tarde operarlo, se trataba de un procedimiento nuevo que él había experimentado en Estados Unidos y que había traído a España para tratarlo con pacientes de aquí. Le puso en tratamiento primero con inyecciones y más tarde mediante gotero, recuerda que acudían a una consulta que tenía el médico en la calle Tenor Fleta de Zaragoza y que más tarde en la Cruz Roja de la plaza de los Sitios (entonces de José Antonio) le dejaron un despacho. Antes había estado en laboratorios Ulta de la capital aragonesa, de donde se fue porque según me contaba Jesús “le hacían la vida imposible”. Este paciente recuerda al doctor como una persona amable, cercana al paciente y con un extraordinario carisma. Recuerda que las dosis eran de color marrón y que él ha estado tomándolas hasta hace poco, que a última hora se las aplicaba en la piel, me comentó también que entre los pacientes le regalaron un aparato de laboratorio para que pudiera seguir con sus investigaciones y que cuando falleció, fueron recogidos por el doctor Emilio Alfaro. También me dijo que él sabía que la familia, por fin había vendido la patente a una farmacéutica y que ya no saben nada de esa medicina, el IBC119 y que él había visto otras drogas similares pero que no eran las del doctor Blanco.

Comenté el asuntó con un amigo, que sabe del mundo de las patentes y la encontramos, está registrada en 1973 y según él me comentó, por los documentos que figuran en el registro de patentes y marcas de España, el fármaco se encontraba en fase experimental y todavía no había conseguido los resultados necesarios para su puesta en marcha: http://www.oepm.es/pdf/ES/0000/000/00/40/68/ES-0406820_A1.pdf Lo cierto es que hace años, cuando todavía colaboraba con Cadena SER bajo Gállego ya quise hacer un programa sobre este personaje pero cosas del tiempo, no se llegó a realizar.

José Ignacio Blanco Cordero nació en Medina de Rioseco (Valladolid) en 1936. Había estudiado Medicina en la Universidad de Madrid. Marchó a Estados Unidos doctorándose en la Universidad de Cinccinati. En 1966 y en el cuarto de baño de su casa, instala lo que habría de ser su primer laboratorio. En ese año logra el primer producto en estado sólido. Dos años después consigue la forma líquida de lo que habrá de ser el IBC y que para su autor venía a ser un regulador metabólico celular. Según declaraciones del doctor Blanco; siempre estuvo interesado por el papel de la urea en el organismo humano. «La urea constituye -decía- el final del metabolismo proteico. Sin embargo, me niego a aceptar la posibilidad de que sólo sea un producto de deshecho, sin acción fisiológica importante» de esta manera regresó a España como descubridor de un producto anticanceroso con el que se pretendía regenerar la célula neoplásica, en lugar de destruirla.
 
Plaza que lleva su nombre en la localidad de San Mateo de Gállego (Zaragoza)
Cuenta la leyenda que este descubrimiento lo hizo en América y que allí lo vetaron porque no interesaba a las industrias farmacéuticas locales y que visto los problemas que le ocasionaban allí se vino a su tierra, casi clandestinamente. Desde 1968 a 1973 intentó encontrar apoyos a su descubrimiento, pero estos le fueron sistemáticamente rechazados. Permitiéndosele tan sólo, la administración de su droga a cuatro pacientes del hospital Marquesa de Villaverde de Madrid, en 1970. Tras varios intentos de entrevistarse con el ministro de Educación y Ciencia y con el director del Hospital Central de la Cruz Roja, sin ningún resultado positivo, el doctor Blanco Cordero decidió trabajar en solitario, administrando el fármaco a sus propios pacientes. Recaló en Zaragoza, de donde era su mujer (natural de San Mateo de Gállego). Como me dijo Jesús, trabajó en laboratorios Ulta, empresa que abandonó decepcionado en 1971. Conoce al doctor Emilio Alfaro en el Hospital de la Cruz Roja, con quien inicia una perdurable colaboración. Poco después firma contrato para la investigación y ulterior comercialización de su producto (entonces llamado l.CE.BE.-119) con Laboratorios Casen, también en Zaragoza (la cifra corresponde a la fecha en que se firmó el contrato de colaboración con Casen, 11 de septiembre, la letras corresponden a las iniciales de su nombre y apellidos). En abril de 1973, la Subdirección General de Farmacia autoriza las pruebas clínicas solicitadas por Casen, en un momento en que aún se desconoce la farmacocinética de la sustancia por ensayar. Con la única abstención del Centro Regional de Oncología, todos los centros sanitarios de Zaragoza participaron en dichas pruebas, que fracasaron por falta de información sobre el l.CE.BE.-II9 y porque fueron realizadas en pacientes en su mayoría preagónicos. Una colosal polémica se inició a través de toda la prensa nacional.

Según un artículo publicado el 1 de junio de 1973 por el diario Pueblo de Madrid y firmado por Julio Camarero se dice que se trata de un producto al parecer con sorprendentes propiedades para el tratamiento del cáncer y que había sido presentado el 14 de abril de ese mismo año, en la Dirección General de Sanidad para su registro definitivo “Vencidas no pocas dificultades, se fabrican ahora, exclusivamente con destino a esta fase experimental, unas mil ampollas diarias. El doctor Blanco Cordero no cobra un céntimo por los tratamientos y el ICB 119 se administra totalmente gratis, conforme a lo establecido para el plazo experimental de un medicamento que todavía no ha sido lanzado al mercado. En Zaragoza, entre las seis clínicas donde se administra y domicilios particulares, atiende ahora a unos ciento treinta enfermos con diversos tipos de cáncer, y, según cuentan, los resultados son más que esperanzadores."


En agosto de 1973 el laboratorio que entonces fabricaba el producto denunció el contrato existente. Al año siguiente, un nuevo laboratorio, Pool Vichy con sede en Burgos inicia la fabricación experimental del IBC bajo las órdenes directas del joven investigador. En este estado de cosas hay una amplia campaña de divulgación de la sustancia, surge la polémica y la controversia y se exigen pruebas contundentes de su efectividad. Pero no hay esa contundencia porque los enfermos- que llegan a las experiencias clínicas son enfermos en gran parte desahuciados, mutilados por una cirugía exhaustiva, o tratados ampliamente con radiaciones o fuertes quimioterápicos. Pero hay resultados positivos que se publican en la prensa especializada y concretamente, uno que llama la atención: un cáncer se ha encapsulado gracias al IRC y su desarrollo se ha detenido.

En medio de una tensión emocional terrible Blanco Cordero prosigue su trabajo en Zaragoza, abandonando insensiblemente el laboratorio por el continuo requerimiento de pacientes de toda España. Mientras. Es por estas fechas cuando contrae matrimonio con María Teresa Basguas, estableciendo su residencia en la localidad natal de su mujer (la casa que todavía se conserva es una típica construcción en ladrillo). En cuanto a los resultados concretos del «ICB 119» -que pasa a denominarse "IBC» llegarían a ser muy desiguales. A lo largo de 1973 más de 90 pacientes voluntarios fueron tratados con el fármaco, llegándose, en la mayoría de los casos, a resultados relativamente positivos y en algunos casos, a curaciones sorprendentes como es el de Amparo Bandrés, paciente zaragozana cuyo historial clínico recorrió la prensa especializada (Jesús como decimos fue paciente y hoy cuenta con una impresionante salud a sus 76 años). De cualquier forma y tras el análisis de los numerosos tratamientos posteriores, parece ser que la droga arroja óptimos resultados al ser aplicada en casos de tumores cancerígenos vírgenes, o sea, no tratados aún ni por la cobaltoterapia ni por la cirugía.

El propio Blanco Cordero no está satisfecho con los resultados y sigue investigando sobre el mismo producto que define como un regulador metabólico celular y logra, en apenas unos meses el perfeccionamiento del IBC. Básicamente, el producto es el mismo. La elaboración se supera y logra resultados calificados como espectaculares pero «Muchos problemas demasiadas tensiones,» en propias palabras del doctor hicieron que su corazón fallara el dos de septiembre de 1976 mientras se encontraba de vacaciones en Vigo, en palabras de Ramón Sánchez Ocaña “Blanco Cordero falleció de enfermedad profesional” y es que esas vacaciones son las primeras que se toma en diez años de intenso trabajo. El doctor Blanco había llegado a Redondela, en las inmediaciones de Vigo, el 27 de agosto. El día primero de septiembre el médico y su familia, su esposa y su hija de tres meses, viajaron a Portugal y al regreso a Galicia enfermó repentinamente. El por entonces incipiente diario El País, se hizo eco de su muerte por medio de José Ramón Marcuello, quien publicaba la noticia el 3 de septiembre de 1976 en estos términos: “A primeras horas de la mañana de ayer corrió rápidamente por la ciudad la noticia del repentino fallecimiento por infarto del doctor Blanco Cordero en un hotel de Vigo, cuando pasaba unos días de vacaciones en aquella localidad gallega, El doctor Blanco, como es sabido, llenó la primera página de la actualidad nacional, cuando en la primavera de 1973 se dio a conocer una droga anticancerígena por él elaborada y a la que venía ocupando su dedicación desde abril de 1968: el ICB 119”.

Su amigo Emilio Alfaro continuó con el estudio del l.CE.BE., pero apenas un mes más tarde, en el mismo diario, otro médico mediático de entonces por sus apariciones en TVE, Ramón Sánchez-Ocaña escribió una crónica sobre un grupo de enfermos oncológicos y sus familiares que acudieron a la Dirección General de Sanidad con un objetivo de conseguir del director, la autorización para que se les siguiera suministrando una droga anticancerosa a cuyo tratamiento estaban sometidos, ya que había sido oficialmente calificada de inútil. “Los enfermos en tratamiento sumaban entonces aproximadamente ochenta y cinco, que se vieron de pronto sin esta sustancia que representaba para ellos toda esperanza” ya que el laboratorio que fabricaba el producto en pequeña escala, suspendió su elaboración tras la muerte del doctor Blanco Cordero. Ni la fabricación del producto estaba registrada ni tampoco se había hecho la correspondiente solicitud, así que poco se podía hacer, los pacientes como Jesús, siguieron suministrándose de la droga por su cuenta y a través del doctor Alfaro, para cubrir las mínimas exigencias experimentales.

El doctor Emilio Alfaro Gracia, por entonces jefe del servicio de Ginecología de la Cruz Roja de Zaragoza pudo comprobar los resultados obtenidos y confirmó a el País como “para estos enfermos sinceramente, el tratamiento ha sido muy positivo”. Pero el problema era grave pues Blánco Cordero se llevó el secreto a la tumba sobre la elaboración de la droga. Por eso, cuando los enfermos consumieron la dosis disponible, los laboratorios se vieron en la imposibilidad material de continuar su fabricación. No conocen el proceso perfeccionado de su elaboración. La dosis llegó a costar las 50.000 pesetas de la época (unos 400€ de ahora).

Calle zaragozana que lleva su nombre
Los restos mortales de Ignacio Blanco Cordero fueron enterrados en el cementerio de la localidad zaragozana de San Mateo de Gállego no sin cierta polémica que le persiguió aun después de su muerte pues según el reglamento de policía mortuoria, el cadáver debió ser trasladado utilizando el servicio funerario municipalizado de Vigo, al menos en los límites de este Ayuntamiento. El servicio no fue requerido a estos efectos, por lo que se inició una investigación en la Jefatura Provincial de Sanidad que terminó siendo archivada parece ser que se quería evitar una manifestación masiva de duelo en la que concurrieran todos los afectados por su droga y que esto supusiera una alteración del orden público, no hay que olvidar que estamos en esos momentos en plena Transición y cualquier tema era susceptible de ser politizado. Pasado el tiempo en San Mateo de Gállego se levantó una plaza en su honor y en Zaragoza también existe una calle que lleva su nombre y que se encuentra junto al parque de Bruil.

                                                                                                              

Bibliografía:
Marcuello, José Ramón. “Fallece el inventor de la droga "ICB 119" contra el cáncer”. El País. 3 de septiembre de 1976: http://elpais.com/diario/1976/09/03/sociedad/210549605_850215.html
Sánchez Ocaña, Ramón. “Un grupo de enfermos pide al director general de Sanidad la droga anticancerosa IBC”, El País. Viernes, 1 de octubre de 1976
Alfaro, Emilio: «El l.CE.BE.-II-9 y el Cáncer»; Tribuna Médica, Madrid, 1973. Id.: «Segundo informe sobre el l.CE.BE-119, 1. ª y 2. ª Parte»; Tribuna Médica, Madrid, 1974. Id.: «Lo que sabemos hoy del l.CE.BE.»; Andalán, 1979. Del Amo, J.: Nuestros cerebros dentro; Ed. Felmar, Madrid, 1977.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Jose Bosqued

Esta foto quiero dedicársela hoy a José Bosqued, quizás nunca supo lo que era una fotografía, ni siquiera lo que era la luna y ni mucho...