miércoles, 6 de marzo de 2019

Historias del Cinco de marzo



Ayer, cinco de marzo a mí me toco continuar con la tradición familiar de conmemorar la fecha comiendo paella. Conmigo es la cuarta generación, al menos documentada que sigue con este rito que se ha convertido en una costumbre que se mantuvo incluso en los momentos más duros en que estuvo prohibida y perseguida, la fiesta de la “Cinco marzada”. Siempre por estos días me gusta recordar una historia que contaba mi abuela. Ellos eran republicanos, bueno el republicano era mi abuelo y ella era monárquica, que era lo que se estilaba entonces. Por “rojos” los condenaron entre otras cosas a dar de comer a las élites del régimen que pasaban por el pueblo a modo de control a la hora de las comidas, cuando toda la familia se encontraba reunida. Todavía recuerdo esto yo, incluso después de muerto Franco. El médico del pueblo, que era el jefe de Falange, sardónicamente le decía a mis abuelos ¡Pero ustedes! ¿Cuándo tienen intimidad? Como si él no supiera el motivo. Lo cierto es que mi abuela cocinaba muy bien y lo que en principio era un castigo, se convirtió pronto en una posibilidad de ganancia, aunque estoy seguro de que ellos nunca lo vieron así. Mi abuela había aprendido sirviendo en casa de unos señores bastante importantes entre la burguesía zaragozana del primer tercio del siglo XX, aquella que veraneaba en San Sebastián, allí debió de perfeccionar su aprendizaje gracias a una cocinera vasco-francesa, de la que aprendió algunos platos que luego ella hacía en casa los días de fiesta. Incluso les propusieron, al final de la guerra civil, marchar a Barcelona para hacerse cargo de la cantina en la estación de Francia, donde ahora paran autobuses pero como digo, ellos esto nunca lo tuvieron como un mérito y prefirieron quedarse en el pueblo. La verdad es que la mujer tenía buena fama como cocinera.
Así que en plena postguerra mis abuelos se dedicaban a ser cocineros de la guardia civil, del cura, de los maestros, etc., Un día uno de estos prebostes le preguntó a mi abuela  ¿Qué iba a hacer al día siguiente para comer? Mi abuela se acordó que era cuatro de marzo y dijo que le gustaría hacer una paella, pero que con el racionamiento era bastante difícil, además era tiempo de Cuaresma y la carne, ya de por sí escasa estaba prohibida. El caso es que el señor cura dijo que por eso no había problema, se le sacaba una bula y arreglao, el guardia civil dijo que él se encargaba de que hubiera al menos un conejo en el arroz, que por supuesto lo pondría el maestro faltaría más. El caso es que aquella Cinco marzada la celebraron las fuerzas vivas de la localidad y nadie puso ningún reparo, ni el cura,  ni la Guardia Civil, ni el alcalde, quizás no sabían el significado de aquel arroz para mis abuelos y si lo sabían, prefirieron callárselo, buenos estaban los tiempos como para andarse con tonterías a la hora de comer. Siempre he pensado que esta historia tiene su moraleja y que no es otra que cuando la necesidad aprieta, los prejuicios escapan. Con todo y seguramente espero que al año que viene vuelva a tener paella para comer el cinco de marzo, pienso que está celebración debería sustituirse por otra que no conmemore enfrentamientos civiles.

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