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sábado, 16 de marzo de 2019

Cuando el patito feo, encontró el lago de los cisnes



Érase una vez que una mama pata tuvo polluelos, uno a uno iban saliendo del cascarón con enormes gritos pidiendo algo de comer, más el último de los huevos tardaba en romperse. Al final apareció una grieta en la cáscara que poco a poco se fue haciendo más grande, para salir de su interior un extraño polluelo, distinto a sus hermanos, tenía el cuello más largo que el resto y un cuerpo más extraño, era un patito raro, un patito feo y con este nombre se quedó. El pobre animal enseguida comenzó a sentirse diferente, extraño y no solo porque lo fuera, sino porque sus hermanos se lo recordaban continuamente, se burlaban de él, lo atacaban, lo insultaban y el pobre patito siempre se encontraba solo, arrinconado, acogotado. En cierta ocasión los patitos iban detrás de Mamá pato y pasaron cerca de un lago donde Feo pudo ver patitos tan feos como él, era curioso, había más feos en el mundo de los patos pero en ese lugar había muchos, se quedó mirando un rato a aquellos animalillos como queriendo ir con ellos, pero de repente la voz de Mamá Pato lo reclamó, enseguida comenzaron las burlas sobre el pobre feíto; “que si siempre solo”, “que si siempre descolgándose del grupo” “que si siempre avergonzando a los demás”, “que no se le podía sacar el estanque de los patos” y así muchos etcéteras más y durante demasiado tiempo.

El Patito Feo cada vez se encontraba más triste, más deprimido y más solo, nadie quería saber nada de él, ni nadie contaba con él, pero eso a él poco le importaba porque siempre se acordaba de aquel lago donde había patos como él y quería volver, pero tenía miedo porque se sentía raro y además tenía miedo a sentirse rechazado, sobre todo por los que eran como él además, ese no era su lugar, así se lo estaban recordando continuamente, como una obsesión enfermiza. Cuando pasó el tiempo y abandonado de todos, un día pensó en acercarse al lago y así lo hizo; primero un poco, como con timidez, luego otro poquito más y un poquito más hasta que un día alcanzó la orilla del lago, caminó un rato y cuando se quiso dar cuenta estaba nadando dentro junto con los otros patitos que eran como él, hasta que de repente una voz femenina le llamó su atención; ¡Hola! ¿De dónde eres?
-         Soy el Patito Feo del estanque de los patos
-         ¡ Jajajajajja! Contestó ella, tú no eres un pato, eres un cisne, como yo
-         ¿Un cisne? Contestó él entre asustado y sorprendido, ¡Noooo! Yo no soy un cisne, soy un pato, un pato feo, dijo él
-         Que tonto que eres, tu eres un cisne, no ves que tienes el cuello largo y eres más grande que los patos y te pareces a mí (le dijo ella)
-         La verdad es que me llamaba la atención que erais tan feos como yo, y por eso me acercaba al lago, para veros (dijo él, como aturdido)
-         Feo dice el tonto (contestó ella) ¿acaso los patos del estanque te parecen bonitos? ¡Mira!, son todos marrones y tú eres blanco. Además nosotros tenemos una elegancia que ellos no poseen y si estás con ellos mucho tiempo, corres el peligro de que venga un cazador y te dispare,
-         Eso sí que es verdad (contestó él).
-         Tu sitio es éste, el lago, no la charca donde están los patos, ¿Yo no sé qué hacías allí, la verdad?

Ciertamente aquella cisne tenía razón, en el estanque de los patos no pintaba nada y tampoco dejaba nada, allí nadie le quería y aquí se encontraba tan a gusto, además aquella cisne hablaba como él, era como él, pues entonces aquel era su sitio y no la charca. ¡Si cuando le reprendieron aquel día no hubiera hecho caso y se hubiera ido al lago!, pero eso es otra historia.

Mientras tanto en el estanque los patos comenzaron a echar de menos al Patito Feo y, no porque le quisieran mucho, sino porque si él no estaba ¿Con quién se metían? ¿A quién gastarían sus pesadas bromas? Esto era muy triste, sin tener a nadie de quien reírse y a quien echarle las culpas de todo así que uno, el que peor se portaba con feíto propuso una idea. Atacar por sorpresa el lago de los cisnes y de esta manera darles un escarmiento y por entretenerse un rato, y así se hizo.

Estaban los cisnes tan tranquilos en su lago cuando de repente, de entre la espesura de la orilla apareció una bandada de patos que se diría hacia ellos, éstos atacaron a los cisnes picándoles en el cuello, entre las víctimas se encontraba nuestro feíto quien, al ver que uno de aquellos feroces iba a por él, se defendió abriendo el enorme pico y dándole un bocado tremendo en el cuello, el animal cayó al agua casi inconsciente y cuando el cisne iba a rematarlo se dio cuenta de que aquel pato no era sino el que le hacía la vida imposible en el estanque:

-         ¿Qué haces tú aquí? Preguntó el cisne

El pato estaba atolondrado y no sabía muy bien lo que pasaba.
-         ¿Quién eres? ¿De qué me conoces? Preguntaba todo atemorizado y dolorido por el golpe que acababa de recibir.
-         Soy el Patito Feo, contestó el cisne.
-         ¿Tú eres el Patito Feo? Pero ¿Cuánto has cambiado? Estás irreconocible, vaya mordisco que me has dado, eres un animal (enseguida se vino arriba el enemigo derrotado) ¡Casi me matas! ¡Siempre igual! eres un bruto.
-         Quietooo!!!!! Le cortó el cisne y siguió. Da gracias a que he sido yo quien te ha mordido, si hubiera sido otro ahora estarías muerto. Anda coge y vete enseguida, antes de que me arrepiente.

Y así lo hizo, lleno de rabia y coraje, pero derrotado él y sus compañeros que habían metido la pata, volvieron a su charca. Y así acaba la historia del Patito Feo que encontró por fin su lago de los cisnes.

viernes, 8 de diciembre de 2017

Drogas en la guerra

Historia y Vida nº597

La revista Historia y Vida en su número de este mes (597) publica una entrevista con Lukasz Kamienski (la “L” de Lukas cortada y la “n” con acento). Este señor ha escrito un libro sobre las drogas que han consumido todos los ejércitos del mundo; desde el Hachís que fumaban los soldados de Napoleón durante la campaña de Egipto hasta el LSD de los americanos en Vietnam, pasando por la cocaína que esnifaban los británicos durante la I Guerra Mundial. Pero no solo los países civilizados se tiraban por los estimulantes para animar a sus soldados frente al enemigo. Los fieros vikingos no salían de casa sin su ración de Amanita muscaria o pantherina, lo mismo que consumían en el extremo sur del continente africano los zulúes, aunque estos se inclinaban más por un cóctel con cannabis y otras hierbas. Al fin y al cabo también hubo una contienda que se llamó “La guerra del opio” y que se libró en extremo Oriente entre el Imperio Chino y una coalición encabezada por el Imperio Británico, junto con Francia y los nacientes Estados Unidos.


Leyendo el artículo me ha venido a la memoria una entrevista que hice hace unos diez años a una señora que había vivido nuestra guerra civil, ella me contó que su marido había combatido en el bando nacional y que para “animarles” a salir al frente les daban un trago de coñac o dos, muchos eran chavales que no tenían veinte años. Luego me enteré de que esta táctica era también utilizada por las llamadas “patrullas del amanecer” Al fin y al cabo era una manera de “cosificar” al enemigo perderle el miedo y atacarle mejor. Esta táctica, según me han contado, dejó serias secuelas durante la posguerra, pues muchos combatientes de la Guerra Civil española terminaron alcoholizados de por vida, este es quizás un aspecto que no se ha conocido mucho de nuestra la historia reciente y es que; bien por quedar enganchados o bien por olvidar, hubo una generación perdida en el alcohol por culpa de la Guerra Civil.

domingo, 5 de marzo de 2017

Una historia sobre el Cinco de Marzo

Samper de Calanda (Teruel) localidad en la que vivían los Hermanos Biel que acabaron en el Bajo Gállego

Hace años me contaron una historia relacionada con la Cincomarzada, leyenda que hace poco me volvieron a recordar. Durante la Primera Guerra Carlista, en el Bajo Aragón, vivían dos hermanos en la localidad de Samper de Calanda, miembros seguramente de una numerosa familia de jornaleros y con pocos recursos. Debían ser bastante jóvenes, entre los catorce o dieciséis años a lo sumo, cuando la partida de Cabañero llegó al pueblo o los interceptaron por los alrededores. Seguramente por afán de aventura, por conocer mundo, por escapar de la miseria y de paso buscar una vida mejor o quizás engañados por los Carlistas, quienes les habrían dado algo de beber y una vez ebrios, ambos hermanos, firmaron un juramento de fidelidad a Don Carlos V (algo que solía ocurrir en aquellos tiempos). El caso es que los dos se vieron enrolados entre los partidarios de la Santa Tradición. Según me contaron, participaron en los sucesos del Cinco de marzo de 1838, aunque es posible que no, el caso es que fueron capturados y hechos prisioneros. Una vez juzgados fueron enviados a un penal militar a cumplir la condena impuesta. En una hilera, junto con otros compañeros, iniciaron la marcha desde Zaragoza Ebro arriba. A la altura de Utebo pararon para descansar un rato y por si alguno quería “aliviarse”. A ambos hermanos les entraron ganas de ello y se les permitió alejarse un poco del resto de la Compañía. El caso es que en un momento dado se vieron fuera del alcance de los guardias y sin pensarlo un instante, colocaron las boinas que llevaban sobre unas ramas y huyeron en dirección contraria. Aún pudieron escuchar los altos de los guardias y los disparos de sus fusiles, pero los dos hermanos no se amedrantaron y, ocultos entre la maleza y la espesura de los sotos llegaron hasta el rio Ebro, una vez allí cruzaron a la otra orilla y alcanzaron Alfocea, ya estaban a salvo, porque los guardas les habían dado por muertos si no por sus disparos, ahogados en el río.


Una vez en Alfocea se buscaron la vida como pudieron trabajando de “cesteros” es decir realizando trabajos relacionados con la construcción, como elaboración de cañizos, arreglos en casas, etc. El caso es que fueron aceptados entre la población y uno de los dos hermanos, el más mayor, terminó instalándose en el barrio zaragozano de Juslibol, donde se casó y tuvo una numerosa prole e incluso alguno llegó a tener calle en el pueblo. El otro, mi tatarabuelo Julián Biel Insa, se fue a Villanueva de Gállego y aun vivió hasta 1910 aproximadamente. Me contaron en cierta ocasión, que Julián Biel aun retomó contacto con sus familiares en Samper, incluso uno de sus hijos, mi bisabuelo, llegó a casarse con una vecina de ese pueblo, mi bisabuela Pilar Ginés Insa, pues bien, la mujer se trajo una temporada a su padre (que debía ser de los liberales) a Villanueva y ambos consuegros se pegaban el día llamándose “facioso” y “guiri” el uno al otro todo el día. Los descendientes de ambos hermanos acabaron poblando muchos lugares de la huerta de Zaragoza como Juslibol, Villamayor, Villanueva, San Mateo, y las torres del Arrabal, incluso hubo uno, llamado también Julián Biel, que llegó a ser un famoso Tenor a principios del siglo XX.

Cuento esto no solo por recordar una leyenda que en su día escuché de un familiar, sino porque algunos “Bieles” que saben de mis inquietudes, me han preguntado sobre nuestros orígenes y esta, es una curiosa explicación del ¿Porque? hay tantos "Biel" en los pueblos del bajo Gállego.

El más vendido en Aragón

Vuelvo a salir en la lista de los libros más vendidos en Aragón, en el apartado de “no ficción” con “Esto no estaba en mi libro de Historia ...