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Francisco Pradilla Ortiz pintó un cuadro hacia 1880, por encargo del Ayuntamiento de Zaragoza, en el que se representa al Batallador mirando hacia Zaragoza, desde los altos del Castellar y que todavía se puede ver en la escalera principal del Consistorio. Esta obra de arte está llena de simbolismo socarrón muy del valle del Ebro pues, unos nubarrones que se ciernen sobre la corona del Rey aragonés y unas aves de mal agüero que le rodean, sin duda auguran los problemas que tendría este ilustre villanovense para cobrar por su trabajo y es que, como diría un buen amigo mío, "en Oregón semos ansí de toda la vida".
No sé si don Francisco conocía el monte del Gato, los villanovenses todavía no habían empezado su friebre roturadora por las terrazas del Ebro. Pero la "Atalaya de Candespina" todavía se yergue orgullosa sobre el cortado que dibuja el río Ebro y que delimita el Castellar con el soto que le da nombre y que está frente a la localidad de Sobradiel.
En estas ruinas se dice que estuvo presa doña Urraca, la reina de Castilla, esposa del Batallador. El nombre del soto se lo debe al amante de la Señora, se dice que en sus profundidades se escondían ambos, hasta que lograron huir de las manos del esposo. Cuenta la tradición que doña Urraca se quejaba de su marido en este sentido: "Prefiere la compañía de hombres fornidos y guerreros, antes que la de una buena hembra", frasecita que ha dado para todo tipo de rumorología sobre las tendencias de Alfonso I.
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