La Diputación del General de
Cataluña, reclama a la Diputación del General del reino de Aragón, una
sustanciosa indemnización por los bienes del monasterio de Sijena. La
Diputación del General de Cataluña debería saber que en su día los fondos
documentales que custodiaba el Real Monasterio del siglo XIII, fueron enviados
a Barcelona dando origen al Archivo de la Corona de Aragón además y en el
verano de 1936, milicianos y funcionarios al servicio de la diputación del
General de Cataluña, con la excusa de preservar el orden constitucional
republicano y de que los aragoneses no sabíamos valorar lo que teníamos;
saquearon, destrozaron y arrancaron los bienes y pinturas del Monasterio,
algunas de las cuales aparecieron en el museo de arte nacional en Barcelona y
otros lugares de Cataluña además. Estas mismas fuerzas y funcionarios
saquearon, destrozaron y arrancaron casi un 60% del patrimonio artístico,
histórico y monumental aragonés y para colmo, muchos de estos lugares
expoliados, cuando quisieron recuperar su patrimonio, tuvieron que recurrir a
los talleres de arte cristiano de Olot (Gerona) pagando importantes sumas de
dinero mientras, sus bienes se encontraban en manos catalanas, por no mencionar
los que se perdieron por el camino, vidas humanas o fuerza de trabajo y de vida.
Habría que proponer al gobierno de la Diputación General del Reino de Aragón,
que se dedicara a hacer un inventario de todos estos destrozos realizados por
milicianos y funcionarios de la Diputación del General de Cataluña, que además
se declara heredera de aquella institución republicana y que está sustentada
por los mismos partidos de entonces y exigirles, que paguen por todos los daños
que ellos hicieron en esta tierra, así como restituir sus bienes y pertenencias
eso, sí que es una deuda histórica.
Uno puede llegar a entender, que en un ambiente revolucionario y de guerra se pueda arrasar una catedral o un templo representativo del poder y dominio de la Iglesia; pero un humilde peirón en un cruce de caminos, la sencilla imagen de una virgen en la hornacina de una pared o una pequeña ermita alejada en un monte, eso escapa a cualquier raciocinio psicológico o moral.
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