Tarazona de Aragón (19 de junio de 2020) recién salidos del confinamiento por el Covid hice esta foto. Hoy es la festividad de su patrón, San Atilano o más bien se conmemora la traslación de la reliquia del obispo zamorano (en concreto, el brazo derecho) a su ciudad natal en el año 1644 motivo por el cual, Tarazona le dedica esta solemne fecha, distinta a su festividad litúrgica general que coincide con el 5 de octubre (su dies natali en el año 919). Al finalizar la misa, el brazo de san Atilano recorre las calles de la localidad portada por las peñas de la ciudad.
Los detalles de su vida se conocen a comienzos del siglo XVIII a través de un manuscrito redactado por Fray Athanasio de Lobera titulado: Grandezas de la ciudad e iglesia de León y vidas del glorioso san Froilán y san Atilano. Natural de Tarazona, nació hacia el año 850 y comenzó su vida monástica como monje benedictino en su ciudad natal aunque, según cuenta la tradición tuvo una juventud un tanto alborotada y revuelta. Pasó al monasterio leonés de Sahagún donde fue ordenado sacerdote y en unión de san Froilán, el patrón de Lugo. Ambos se retiraron a los montes leoneses para hacer vida de anacoreta pero tras pedirles ayuda el entonces monarca Alfonso III de Asturias y gracias a su carisma, se dedicaron a fundar monasterios en las líneas de avance cristiano del reino de León, consolidando de esta manera las fronteras cristianas a lo largo del río Duero. Se dice que huyendo de los musulmanes en Zamora, el puente de este río, se hundió tras ser cruzado por el santo, pereciendo así los moros. Fue obispo de Zamora, donde se conservan sus restos en la iglesia de San Pedro y San Ildefonso, donde son custodiados por la Real Cofradía de Caballeros Cubicularios de Zamora. Se cuenta también que peregrinó a Jerusalén, en penitencia por pecados de su juventud. Cuando abandonaba la ciudad al cruzar el puente, arrojó su anillo episcopal al Duero. Tras dos años volvió de incógnito a Zamora donde se alojó en la hospedería cercana al Hospital de San Vicente de Cornú. Preparando su comida, abre un pez recibido de limosna y dentro de sus entrañas encuentra su anillo episcopal que le reafirmó como pescador de hombres en el reino de León. Las campanas de la ciudad repicaron solas, y ante los zamoranos que acudieron a recibirle jubilosos, avisados por tal prodigio, apareció revestido milagrosamente con los ornamentos episcopales. Con el tiempo la hospedería se convirtió en la ermita de San Atilano (lugar donde se encuentra el cementerio homónimo).
Pero Tarazona también tiene su “santo” laico, me refiero al Cipotegato. Un encapuchado disfrazado de arlequín con los colores amarillo, rojo y verde que a las 12 del mediodía del 27 de agosto sale del Ayuntamiento e irrumpe en la plaza de España, intentando hacerse un hueco entre la multitud que le arroja tomates, rodeado por amigos y antiguos Cipotegatos atraviesa la plaza, mientras es perseguido por la muchedumbre que tras él, realiza un recorrido por la ciudad. Si sale triunfante, será subido a la escultura erigida en su honor en la misma plaza de España, frente al ayuntamiento. El Cipotegato es elegido anualmente desde el año 1987, en un sorteo realizado entre vecinos de la población. Esta tradición turiasonense está documentada desde 1704, pero realmente se desconoce la real fecha de su origen. La fiesta como tal aparece documentada a principios del siglo XX, cuando el Ayuntamiento entregaba seis pesetas al encargado de representar el personaje que se dedicaba a perseguir a los niños. No es hasta la mitad del siglo XX cuando comienza la popular tradición de arrojarle tomates. El historiador Javier Bona lo relaciona con el antiguo "Pellexo de Gato" que, a lo largo de 200 años, habría ahuyentado a los niños para que no entorpecieran la celebración de la procesión del Corpus Christi. Algunos de esos niños se habrían enfrentado a él tradicionalmente, lanzando gallones y tomates. Posteriormente el personaje abandona su función religiosa y pasa a la órbita civil, participando en el dance de Tarazona, rol en que interviene en muchos paloteados de la zona del somontano del Moncayo, donde existen cipotegatos de similares características que se dedican a abrir el paso de los paloteadores y a recitar dichos. Con la llegada de la transición española y el aumento de libertades, más personas se sumarían al rito de lanzar tomates, del que también en 1974 fue víctima el alcalde y la policía local. Finalmente ha evolucionado hasta la fiesta que conocemos actualmente.
Personalmente el Cipotegato se
puede relacionar con la tradición de las máscaras en España que se manifiesta
principalmente en los carnavales y que en algunos casos pueden proceder de ritos
prerromanos y célticos relacionados con los ciclos de la naturaleza. Durante la
cristianización, estas figuras zoomorfas y grotescas serían asociadas con
demonios, quedando relegadas a los rituales del carnaval (antruejo). En el
norte de España destacan más de 240 rituales únicos donde los vecinos usan
pieles, cuernos y cencerros. Ejemplos conocidos son el Jarramplas (Piornal,
Cáceres), el Zangarrón (Zamora), los Diablos de Luzón (Guadalajara) los Sidros
(Asturias) o las mascarutas navarras. El Entroido gallego: Fiestas de gran
arraigo donde figuran los boteiros o pantallas, éstos portan máscaras
artesanales de madera y hacen sonar estruendosamente cencerros. En Aragón
destacar los cipotegatos en el somontano del Moncayo, los podemos encontrar en
las mascaradas pirenaicas, el Mesambartolo de Tauste o la Máscara de Ateca
entre otros. Los populares cabezudos serían una evolución de los cipotegatos ya
que cumplen parecida función.
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