miércoles, 1 de mayo de 2013

Francisco Pradilla Ortiz

Autoretrato de Francisco Pradilla,
 la boina de pintor,
 con la borla le da un aire entrañable
El 24 de julio de 1848 nació en Villanueva de Gállego, más concretamente en el Camino Real que va a Francia (actual calle de Gómez Acebo) Francisco Pradilla Ortíz dentro de una familia muy humilde su padre, Miguel, era albañil y su abuelo Juan había venido de Tardienta a trabajar en las torres del pueblo como jornalero. Su madre, Martina, era del vecino pueblo de Peñaflor y tuvo la desgracia de no ver triunfar a su hijo, pues falleció en 1868. Mi bisabuela contaba lo que a su vez le había dicho su suegra, que los Pradilla vivían a la entrada de la actual calle de Zaragoza (Val de la Bigarda) que por tanto eran vecinos de ella y que una de las travesuras del joven Francisco consistía, en pintar las paredes encaladas de las casas con dibujos que solían representar a caballerías que conducían las galeras que bajaban de Cinco Villas cargadas de trigo, en dirección a Zaragoza. Mi pobre tatarabuela (que se llamaba Josefa Insa) lo esperaba a la salida de la escuela, con la escoba en la puerta de su casa en un intento, no de reprimir el genio del artista sino de conservar la fachada. Otro vecino suyo, un poco más joven que él y llamado Luis Baudín recordaba, cuando Pradilla era ya un pintor renombrado, que siempre estaba dibujando o pintando alguna escena del pueblo. Pradilla era por tanto lo que hoy llamaríamos niño prodigio.

En la mayoría de las ocasiones las crónicas de los grandes personajes de la historia se reducen a un simple cursus honorum de los logros personales, aderezado con alguna nota curiosa, pero en raras ocasiones resaltan las vicisitudes humanas del protagonista y que sin duda marcan su trayectoria vital. Hay que reconocer que sus padres supieron ver las cualidades de su hijo en un ambiente rural, donde este tipo de inquietudes eran totalmente extrañas y ajenas, donde lo primordial era básicamente sobrevivir y como mucho gracias a un oficio artesano, que podría haber sido su salida natural. Por ello hay que pensar en el esfuerzo que tuvieron que realizar para que el joven Francisco (que tenía dos hermanos más), con apenas diez años viajara a Zaragoza para cursar estudios en el Instituto de Bachillerato, donde aprobó en su totalidad el primer curso (1860–61) no así el segundo que no llegaría a concluir, años después comentaría a Gascón de Gotor la razones; «Falto de todo apoyo y sin recursos tuve que dejar el Instituto para ser pintor de puertas», en el taller del escenógrafo del Teatro Principal Mariano Pescador. Logra entrar en la Escuela de Bellas Artes de San Luis donde conocerá a Bernardino Montañés quien le aconseja se traslade a Madrid, tiene apenas quince años y una formación escasa, pero su voluntad es enorme, tan grande como el deseo de corresponder a su familia, tal como dejó constatado en el soberbio mausoleo que mandó construir en su memoria y que se conserva en el Cementerio municipal de Villanueva de Gállego. En la Corte se alojará en casa de su tío Simón.

Una de sus hijas
Trabajador incansable entra como ayudante en el taller de los pintores y decoradores del Teatro Real Augusto Ferri y Jorge Bussato, ingresa en la Escuela Superior de Pintura y Escultura acudiendo a las clases nocturnas de la Agrupación de Acuarelistas que en 1869 organizaron Casado del Alisal y Martínez de Espinosa. Siempre falto de dinero las horas libres las pasará en el Museo del Prado o en la Biblioteca Nacional. Encuentra trabajo hacia 1870 como dibujante en la Ilustración Española y Americana hasta que Alisal, cuando es nombrado Director en la Academia Española en Roma, le concede una beca en esta Institución, a la que le anima que se presente Rosales con el cuadro El rapto de las Sabinas, esto es en 1873 tan apenas diez años después de marchar de Zaragoza, contaba 25 años.

De becario llegará a ser Director del Centro, aunque renunció debido a las muchas obligaciones que le acarreaba el cargo y que lo apartaban de su cada vez más importante actividad artística, sin embargo él mismo reconocerá que son los mejores años de su vida. De esta época son los cuadros que más renombre le han dado. El primero Juana La Loca (1878), se cuenta que le fue encargado por un príncipe ruso, cuando lo vio Alisal éste le aconsejó que no se lo entregara y que lo presentara en la Exposición nacional de Bellas Artes, cosa que hizo obteniendo el primer gran reconocimiento importante de su vida, años después compensaría al noble eslavo con la obra El suspiro del moro. Después vino la Rendición de Granada (Por encargo del Senado español en 1879). Precisamente en esa época contraería matrimonio con Dolores González del Villar, hija del piloto mayor del puerto de Vigo. Vive a caballo entre Roma y Madrid donde recibe encargos de la nobleza y burguesía española y lleva a cabo obras como las “lagunas pontinas” inspiradas en paisajes italianos. Vuelve definitivamente a Madrid en 1896 con un regalo envenenado, la dirección del Museo del Prado, cargo del que dimite por ser «un semillero cargado de disgustos» y se recluye en su casa-estudio de Madrid.

Con su tierra natal mantendrá una relación prácticamente inexistente, a pesar de que se le tiene en alta estima y sus triunfos son celebrados, en 1880 el Ayuntamiento de Zaragoza le encarga dos lienzos de tamaño natural con los retratos de los reyes Alfonso I el Batallador y Alfonso V el Magnánimo, pero la experiencia acaba mal ya que le pagan tarde y nunca. La Real Academia de Bellas Artes de San Luís le nombraba Académico correspondiente el día 19 de febrero de 1880, pero cuando el Casino Principal decide pintar su techumbre no recurre a él, sino a Alejandro Ferrant compañero suyo en Roma y quien lo incluye en la obra. Sin embargo las autoridades zaragozanas recurrirán a Pradilla para que defienda que el Pilar sea declarado Monumento nacional en 1904. Tan solo el Monasterio de Piedra le dará alguna satisfacción pictórica ya que lo visitará en frecuentes ocasiones. Sufre la pérdida de todos sus ahorros por la quiebra de la banca Villodas, en 1886 morirá su hija pequeña Isabel que contaba sólo con tres años de edad y que dejó inmortalizada en el techo del salón de baile del Palacio de Linares, en 1898 fallecerá su padre. Todos estos sucesos le harán caer en un profundo desarraigo, pesimismo y una grave crisis de la cual saldría gracias al incesante trabajo y al apoyo de su familia.

Doña Juana velando el cadáver de su esposo a la intemperie, por no entrar en el convento de monjas.
Su amigo Gómez Latorre dice de Pradilla que era “de carácter serio, reconcentrado, muy estudioso, con cultura extensa y profunda y un tremendo aficionado a la buena música: yo también lo era por aquella época y juntos íbamos a menudo al paraíso del Real, cuando costaba una modesta pesetilla y a los conciertos de Barbieri y Gaztambide… Pasaron los años; aquel muchacho despreciado o poco menos por sus condiscípulos llegó al pináculo del Arte, tras años de lucha titánica y a fuerza de talento y voluntad…”.

Los últimos años de su vida los dedicará a completar sus temas de carácter histórico, el ambiente madrileño de la época; Las manolas en la calle de Alcalá, y Galicia, su segundo hogar, con sus Escenas del mercado. Recluido en su estudio de estilo arabesco y tras los últimos meses de vida con penosos sufrimientos, fallecía Pradilla en su casa del Paseo de Rosales, rodeado de su familia a las 2 de la tarde del día de Todos los Santos, de 1921.

Placa que recuerda en Villanueva de Gállego el nacimiento del pintor

Poco antes de su muerte visitó Villanueva, enterados los vecinos del pueblo de la llegada de su hijo más ilustre, gracias sin duda a Luis Martínez Gracia (un artista zaragozano con cierta raigambre en la localidad), algunos se acercaron al apeadero del tren para recibirlo, la leyenda dice incluso que fue la banda de música. Pradilla bajo del vagón, observó a quienes le esperaban y tras dirigirles unas breves palabras, se dirigió al cementerio municipal donde están enterrados sus padres. Tan solo aquel niño que lo admiraba por sus pinturas se le acercó, hablaron un instante y se volvieron a separar. Wifredo Rincón escribe: «acompañado de su hijo y de don Toribio Macipe, visitaron la casa en donde nació y los tres, con respeto venerado, visitaron departamento por departamento los dos pisos del sencillo edificio, como pretendiendo con el pensamiento ser testigos de la infancia de aquel gran genio de la pintura».

Curiosa es la reseña del acta celebrada por el Ayuntamiento de Villanueva de Gállego el 6 de noviembre de 1921. Reunido el Pleno en sesión extraordinaria, por el Presidente se manifestó el objeto de la misma, que no era otro que «dar cuenta a la Corporación de la muerte de don “Francisco” Pradilla, ilustre pintor hijo de este pueblo» acordándose hacer llegar a la familia el pésame en nombre de la localidad.

Para saber más sobre Francisco Pradilla:













1 comentario:

  1. Me ha gustado mucho lo que cuentas de como era su familia y la vida que hacia en el pueblo, hoy pintaria grafitis, je,je. Hoy día le hubieran multado, no tengo la menor duda.

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