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Autoretrato de Francisco Pradilla, la boina de pintor, con la borla le da un aire entrañable |
En la mayoría de las ocasiones las
crónicas de los grandes personajes de la historia se reducen a un simple cursus honorum de los logros personales,
aderezado con alguna nota curiosa, pero en raras ocasiones resaltan las
vicisitudes humanas del protagonista y que sin duda marcan su trayectoria vital.
Hay que reconocer que sus padres supieron ver las cualidades de su hijo en un
ambiente rural, donde este tipo de inquietudes eran totalmente extrañas y
ajenas, donde lo primordial era básicamente sobrevivir y como mucho gracias a
un oficio artesano, que podría haber sido su salida natural. Por ello hay que
pensar en el esfuerzo que tuvieron que realizar para que el joven Francisco
(que tenía dos hermanos más), con apenas diez años viajara a Zaragoza para
cursar estudios en el Instituto de Bachillerato, donde aprobó en su totalidad
el primer curso (1860–61) no así el segundo que no llegaría a concluir, años
después comentaría a Gascón de Gotor la razones; «Falto de todo apoyo y sin
recursos tuve que dejar el Instituto para ser pintor de puertas», en el taller
del escenógrafo del Teatro Principal Mariano Pescador. Logra entrar en la Escuela de Bellas Artes de San Luis
donde conocerá a Bernardino Montañés quien le aconseja se traslade a Madrid,
tiene apenas quince años y una formación escasa, pero su voluntad es enorme,
tan grande como el deseo de corresponder a su familia, tal como dejó constatado
en el soberbio mausoleo que mandó construir en su memoria y que se conserva en
el Cementerio municipal de Villanueva de Gállego. En la Corte se alojará en
casa de su tío Simón.
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Una de sus hijas |
Trabajador incansable entra como
ayudante en el taller de los pintores y decoradores del Teatro Real Augusto
Ferri y Jorge Bussato, ingresa en la Escuela
Superior de Pintura y Escultura acudiendo a las clases nocturnas de la
Agrupación de Acuarelistas que en 1869 organizaron Casado del Alisal y Martínez
de Espinosa. Siempre falto de dinero las horas libres las pasará en el Museo del Prado o en la Biblioteca Nacional. Encuentra trabajo
hacia 1870 como dibujante en la Ilustración
Española y Americana hasta que Alisal, cuando es nombrado Director en la
Academia Española en Roma, le concede una beca en esta Institución, a la que le
anima que se presente Rosales con el cuadro El
rapto de las Sabinas, esto es en 1873 tan apenas diez años después de
marchar de Zaragoza, contaba 25 años.
De becario llegará a ser Director del Centro, aunque renunció debido a las muchas obligaciones que le acarreaba el cargo y que lo apartaban de su cada vez más importante actividad artística, sin embargo él mismo reconocerá que son los mejores años de su vida. De esta época son los cuadros que más renombre le han dado. El primero Juana La Loca (1878), se cuenta que le fue encargado por un príncipe ruso, cuando lo vio Alisal éste le aconsejó que no se lo entregara y que lo presentara en la Exposición nacional de Bellas Artes, cosa que hizo obteniendo el primer gran reconocimiento importante de su vida, años después compensaría al noble eslavo con la obra El suspiro del moro. Después vino la Rendición de Granada (Por encargo del Senado español en 1879). Precisamente en esa época contraería matrimonio con Dolores González del Villar, hija del piloto mayor del puerto de Vigo. Vive a caballo entre Roma y Madrid donde recibe encargos de la nobleza y burguesía española y lleva a cabo obras como las “lagunas pontinas” inspiradas en paisajes italianos. Vuelve definitivamente a Madrid en 1896 con un regalo envenenado, la dirección del Museo del Prado, cargo del que dimite por ser «un semillero cargado de disgustos» y se recluye en su casa-estudio de Madrid.
Con su tierra natal mantendrá una relación prácticamente inexistente, a pesar de que se le tiene en alta estima y sus triunfos son celebrados, en 1880 el Ayuntamiento de Zaragoza le encarga dos lienzos de tamaño natural con los retratos de los reyes Alfonso I el Batallador y Alfonso V el Magnánimo, pero la experiencia acaba mal ya que le pagan tarde y nunca. La Real Academia de Bellas Artes de San Luís le nombraba Académico correspondiente el día 19 de febrero de 1880, pero cuando el Casino Principal decide pintar su techumbre no recurre a él, sino a Alejandro Ferrant compañero suyo en Roma y quien lo incluye en la obra. Sin embargo las autoridades zaragozanas recurrirán a Pradilla para que defienda que el Pilar sea declarado Monumento nacional en 1904. Tan solo el Monasterio de Piedra le dará alguna satisfacción pictórica ya que lo visitará en frecuentes ocasiones. Sufre la pérdida de todos sus ahorros por la quiebra de la banca Villodas, en 1886 morirá su hija pequeña Isabel que contaba sólo con tres años de edad y que dejó inmortalizada en el techo del salón de baile del Palacio de Linares, en 1898 fallecerá su padre. Todos estos sucesos le harán caer en un profundo desarraigo, pesimismo y una grave crisis de la cual saldría gracias al incesante trabajo y al apoyo de su familia.
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Doña Juana velando el cadáver de su esposo a la intemperie, por no entrar en el convento de monjas. |
Su
amigo Gómez Latorre dice de Pradilla que era “de carácter serio, reconcentrado,
muy estudioso, con cultura extensa y profunda y un tremendo aficionado a la
buena música: yo también lo era por aquella época y juntos íbamos a menudo al
paraíso del Real, cuando costaba una modesta pesetilla y a los conciertos de
Barbieri y Gaztambide… Pasaron los años; aquel muchacho despreciado o poco
menos por sus condiscípulos llegó al pináculo del Arte, tras años de lucha
titánica y a fuerza de talento y voluntad…”.
Los últimos años de su
vida los dedicará a completar sus temas de carácter histórico, el ambiente
madrileño de la época; Las manolas en la calle de Alcalá, y Galicia, su segundo hogar, con sus Escenas
del mercado. Recluido en su estudio de estilo arabesco y tras los últimos meses de vida con
penosos sufrimientos, fallecía Pradilla en su casa del Paseo de Rosales,
rodeado de su familia a las 2 de la tarde del día de Todos los Santos, de 1921.
Placa que recuerda en Villanueva de Gállego el nacimiento del pintor |
Poco antes de su muerte visitó
Villanueva, enterados los vecinos del pueblo de la llegada de su hijo más
ilustre, gracias sin duda a Luis Martínez Gracia (un artista zaragozano con
cierta raigambre en la localidad), algunos se acercaron al apeadero del tren
para recibirlo, la leyenda dice incluso que fue la banda de música. Pradilla
bajo del vagón, observó a quienes le esperaban y tras dirigirles unas breves
palabras, se dirigió al cementerio municipal donde están enterrados sus padres.
Tan solo aquel niño que lo admiraba por sus pinturas se le acercó, hablaron un
instante y se volvieron a separar. Wifredo Rincón escribe: «acompañado de su
hijo y de don Toribio Macipe, visitaron la casa en donde nació y los tres, con
respeto venerado, visitaron departamento por departamento los dos pisos del
sencillo edificio, como pretendiendo con el pensamiento ser testigos de la
infancia de aquel gran genio de la pintura».
Curiosa es la reseña del acta
celebrada por el Ayuntamiento de Villanueva de Gállego el 6 de noviembre de
1921. Reunido el Pleno en sesión extraordinaria, por el Presidente se manifestó
el objeto de la misma, que no era otro que «dar cuenta a la Corporación de la
muerte de don “Francisco” Pradilla, ilustre pintor hijo de este pueblo»
acordándose hacer llegar a la familia el pésame en nombre de la localidad.
Para saber más sobre Francisco Pradilla:
Me ha gustado mucho lo que cuentas de como era su familia y la vida que hacia en el pueblo, hoy pintaria grafitis, je,je. Hoy día le hubieran multado, no tengo la menor duda.
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