lunes, 18 de diciembre de 2017

Aragón o Aragónes

En el paño norte de la catedral de la Seo de Zaragoza se resumen casi todas las formas artísticas de entender Aragón

Defiende el profesor Gonzalo Borras que existen dos tipos de aragoneses, uno a cada orilla del río Ebro; al norte el románico y al sur el mudéjar con sus excepciones claro y es que, la frontera geográfica del románico aragonés limita al sur con una franja que abarca entre las Cinco Villas y la comarca oscense de La Litera. Es cierto que por debajo de esta línea existen excepciones y las hay con notable calidad, pero aparecen dispersas y aisladas del conjunto mayoritario que engloba el norte de la región. Algo similar sucede con el Mudéjar pues, aunque existen importantes ejemplos al norte del Ebro, generalmente torres parroquiales, éstos son escasos. Tesis que es apoyada por el profesor Agustín Ubieto, quien mantiene que las diferencias pueden ampliarse a otros muchos aspectos de la sociedad como las costumbres, la forma de ver la vida o incluso el modo de vivir la religiosidad. Humildemente podemos pensar que no hay solo dos tipos, sino tres maneras de comprender esta región y que a su vez se pueden subdividir. Existe un Aragón pirenaico, el de la depresión y el ibérico, ubicado en la tierra baja turolense. No se expresa igual un aragonés del valle de Benasque que un habitante del Somontano del Moncayo, como tampoco fablan de igual manera un vecino de Valderrobles con su chapurriau ni un lugareño de la sierra de Albarracín, estando en la misma provincia. Tampoco es lo mismo un maño (vecino de Zaragoza) un baturro (hortelano del valle del Ebro) y un aragonés en su más amplio sentido de la palabra y en todas sus variantes. Cada cual con sus diferencias, sus influencias, sus maneras de expresarse e interrelacionarse y con sus subdivisiones, que vienen de influencias exteriores y que le marcan las provincias próximas, pero todos se sienten miembros de una misma comunidad. Sin embargo no es una nación, ni tampoco tiene una aspiración clara de serlo. Por el contrario posee unos rasgos de personalidad muy característicos de lo que podría denominarse “país”. Sus habitantes son conscientes de ese pasado histórico, pero tampoco hacen mucho por recuperarlo o al menos por mantener lo poco que va quedando. Quizás esto sea por las necesidades a las que está sometido vecino de esta tierra que van por otro camino, en cierta ocasión dije que hacía falta ser muy testarudo para vivir en esta tierra y que si no se era muy testarudo no era fácil vivir en ella.

Raro es el lugar, por muy pequeño que sea, que en su iglesia no tenga un cáliz que posea extraordinario valor para sus feligreses, por encima incluso de otros elementos litúrgicos como es el copón donde se guardan las formas sagradas o incluso la custodia donde se exhibe el Corpus Christi, o las cruces procesionales. Sin duda la consagración del vino en la misa es el momento de mayor veneración y reverencia dentro el oficio religioso para un aragonés. No deja de ser algo característico de la cultura autóctona la veneración que se tiene en este acto litúrgico que identifica al vino con la sangre de Cristo, de la misma manera que el agua es la sangre que hace posible la vida.

Según Ubieto, ya en el siglo XIV los orfebres aragoneses tenían cierta fama en cuanto a la fabricación de estos vasos sagrados, algunas de estas joyas se encuentran en muchas localidades del territorio como Daroca; que conserva en su colegiata uno gótico, de pie muy recortado y que está datado en el siglo XV. En la catedral de Tarazona también existe otro de origen gótico con decoración plateresca. En Albarracín, Calatayud, la Seo zaragozana o Alcañiz son ciudades con cálices representativos. Pero también existen pequeñas villas que conservan importantes vasos sagrados para los oficios religiosos como los cálices de Retascón, Layana, Asín, Pedrola, Miedes, Longares o Zuera entre otros municipios. Todos estos lugares poseen en común una característica, se encuentran cerca de ríos o zonas de huerta importantes.

Uno de los cálices más representativos en la comunidad es sin duda el llamado “del Compromiso”. Este vaso sagrado viene a sustituir, de alguna manera al Santo Grial y según la tradición, fue utilizado en la consagración de la misa en la que se dio a conocer el nombre de Fernando de Antequera, como nuevo monarca. El oficio estuvo presidido por el obispo Ram de Viu y se celebró el 28 de junio de 1412, una vez concluido el Compromiso de ahí su nombre. Se trata de una pieza labrada en los talleres de Avignon (Francia) a mediados del siglo XIV. Es de plata sobredorada, posee el cuño pontificio y está decorada con esmaltes en los que se alternan los escudos de Juan Fernández de Heredia y el de la Orden de San Juan de Jerusalén, de la que aquel era comendador y quien en calidad de tal, lo dejó en la localidad caspolina por elegir dicha ciudad como su última morada. Al igual que su homólogo valenciano, el Cáliz del Compromiso también tuvo que pasar por diversas vicisitudes, sobre todo durante la Guerra Civil de 1936, cuando fue salvado por un caspolino de una más que posible destrucción o desaparición, quien lo entregó a la Cruz Roja internacional que lo devolvió una vez finalizada la contienda, en la actualidad se conserva en el Museo Diocesano cesaraugustano.

Algo similar ocurre con el Cuerpo de Cristo, la sagrada forma que es adorada a través de los llamados “Corporales”. Lienzos milagrosos que en determinadas condiciones, casi siempre extremas, salvan en su interior las hostias consagradas y a los que se atribuyen milagros y otros portentos, como salvarse de un voraz incendio, ganar una batalla o cualquier otro acontecimiento generalmente trágico. El rescate lo realiza siempre un sacerdote o un monje que envuelve con celo las formas y las salvan de la quema.

Los más famosos son los de Daroca, pero existen otros lugares a lo largo de la geografía en los que estos lienzos han tenido su protagonismo; es el caso de Andorra, en el convento de San Agustín de Fraga, en los monasterios de San de la Peña y de Montearagón. En la localidad turolense de Aguaviva o en la zaragozana de Cimballa; cuyo sacerdote dudó si el vino que acababa de consagrar en la misa, ¿era realmente la sangre de Cristo?, al instante la forma que estaba sobre el cáliz se convirtió en auténtica sangre. Otro lugar es Aniñón, cerca de Calatayud. Tanto el cáliz como los corporales tienen un denominador común y es, la adoración del continente independientemente del contenido o del continente en su contexto, algo que tiene que ver mucho con la personalidad de los aragoneses.


Borrás Gualis, Gonzálo. El arte mudéjar aragonés, Prames. Zaragoza 2008.
Ubieto Arteta, Agustín & José Luis Garrido: Comprender y disfrutar el patrimonio de Aragón, Mira Editores. Zaragoza 2010.


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