Bueno ya he cumplido casi, con mi
deber de repartir los pocos ejemplares del libro sobre “el Paloteado en Añón de
Moncayo”. Hoy he hecho entrega de un ejmplar en el Centro de Estudios Borjanos,
en persona a don Manuel Gracia Rivas que me ha abierto la puerta grande de la Casa
de Aguilar. Después de tomar, muy bien acompañado un café en el Campo del Toro
me he ido a Tarazona y he dejado otro ejemplar en la Biblioteca pública
municipal, así que ya está a disposición de quien quiera leerlo tanto en Borja
como en Tarazona, además en Zaragoza hay otro en la biblioteca María Moliner de
la Universidad y en la Biblioteca de Aragón en la calle doctor Cerrada.
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Paulina Laborda (viuda de Nicolás Peralta) |
Pero los momentos más emotivos han
sido en Añón, primero entregué unos ejemplares a Antonia Abadía y Simeón
Sanclaudio y alguno más a quienes he querido agradecer su ayuda de esta manera.
Después fui al encuentro de Paulina Laborda, la viuda de Nicolás Peralta.
Paulina es una mujer singular, prototipo de la mujer añorera. Cuando uno la
conoce se imagina a la vaquera que amenazó al Marqués de Santillana, si se
propasaba con ella por muy Mendoza que fuera y también se imagina a las
añoreras que describió tan magistralmente Becquer en sus cartas desde Veruela.
A sus noventa y cinco años; Paulina ha pasado dos veces el Covid y no se ha
enterado, animada pero triste por la pérdida del que fue su compañero durante
casi 80 años no me recordaba, pero cuando le entregué el libro, enseguida se
fijó en su Nicolás y allí se emocionó, con esa sensibilidad que solo tienen las
personas fuertes, como es ella. Allí en el jardincillo que hay delante de la
puerta de la iglesia de Añón me contó cómo los chicos que el llevaba, animados
por el párroco de la localidad le tributaron a Nicolás un último homenaje
(Nicolás Peralta fue el último recuperador y mantenedor del Paloteado de Añón
durante cuarenta años). Después de posar para la foto me dijo; “venga usted a
casa ahora mismo y échese un trago del porrón” solo por ese honor, mereció la
pena tanto esfuerzo, mientras tanto el Marqués de Santillana, impertérrito,
observaba la escena detrás nuestro.
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