domingo, 28 de junio de 2020

Cesar Augusto de Puerta Cinegia


El otro día leí un artículo muy gracioso y lleno de ironía firmado por José Luis Corral en el Periódico de Aragón, en el que decía que puestos a cambiar denominaciones de ciudades, proponía cambiar el de Zaragoza porque al fin y al cabo la ciudad recibe el nombre de Octavio Cesar Augusto, el mayor imperialista y esclavista que han visto los siglos. Las ideas principales son las siguientes: 

“Me extraña mucho que algún iluminado revisionista, cualquiera de esos que andan subidos en la cresta de la enorme ola de ignorancia que nos invade, no haya solicitado todavía que se le cambie el nombre a la ciudad de Zaragoza. Pues, aunque evolucionado por la influencia fonética de la lengua árabe (Caesaragusta = Saraqusta = Saracosta = Zaragoza), lleva el nombre del emperador César Augusto”.

“Cuando se hizo con el poder, Octavio devino en un imperialista, supremacista y esclavista (lo de machista lo tenía más complicado, menuda era su esposa Livia), y sometió a sangre y fuego el norte de Hispania, acabando con la independencia de los demócratas cántabros y astures, que andaban ellos tan felices en sus montañas, con su queso de Cabrales, su fabada, su chuleta (¡cuidado!, que sea de vaca vieja, a ser posible madurada al menos 30 días) a la brasa, sus cachopos (el jamón siempre ibérico y el queso de leche de vaca curado, no me lo estropeen con quesos ligeros tipo “sabanita” y jamón dulce de sobre), sus sobaos pasiegos y su sidra natural, además de su Semana Negra de Gijón (entonces se llamaba “Semana Arco Iris indígena”, por eso del antirracismo) y sus cursos de verano para estudiantes iberos y celtas en La Magdalena de Santander (bueno, esto último me lo he inventado)”.

 

“Para más inri, el dictador Augusto tiene en Zaragoza una avenida con su nombre y una estatua de bronce entre el Mercado Central y las murallas de San Juan de los Panetes, emblema inequívoco de la opresión de los romanos (al mercado, icono capitalista por antonomasia, me refiero), que regaló a la ciudad, pásmense, Benito Mussolini (este sí que era un fascista de manual, de los auténticos, genuino, y no uno de esos paniaguados que ahora surgen por doquier tras cualquier esquina); la estatua, casi colosal (la colosal es la del centro comercial de Plaza de España) es una copia del Augusto de Prima Porta, una de las varias que el Duce ordenó fundir en bronce y enviar a las colonias romanas fundadas por el primer emperador de Roma y a las que, muy humilde él, el divinizado hijo de Dios, a Octavio me refiero ahora, que Benito era aún más estirado, dio o añadió su nombre; solo en la Península ibérica lo hizo con Mérida, Lugo, Braga y Astorga, además de Zaragoza, que es la única que se llama solo como el emperador, ya que las demás llevan alguna addenda como Emérita, Lucus, Braccara o Astúrica”.

 

“Por eso, debería cambiarse el topónimo “Zaragoza” por uno más acorde con los nuevos tiempos”. Corral propone nombres como Salduie o Salduba. La mítica Sansueña que aparece en el Quijote. Para terminar proponiendo “sería abrir un periodo de propuestas para decidir el nuevo nombre, y crear una comisión mixta de expertos, elegida a partes iguales y paritaria por supuesto, por los partidos con representación en Cortes de Aragón y en el Ayuntamiento de Zaragoza (perdón por la reminiscencia imperial de nuevo, pero de momento este es el nombre oficial de la ciudad), que analizara y desechara las malsonantes (por ejemplo, no valdría, “Paletonia”); ni las ofensivas para la España vaciada (tampoco vale “Zaragón” ni “Zaragonia”); ni las de marcado sesgo confesional (no es correcto “Villavirgendelpilar”, ni “Medina Albaida de Muhammad” –“Ciudad Blanca de Mahoma” en árabe-, ni “Perla de Sefarad”, que ya se la han pedido los de Lucena, en la provincia de Córdoba”. “También se evitarán las que tengan algún matiz que se considere supremacista y arrogante como “Villadearriba del Ebro” o “Villamayor del río Iberus”; o machista, como pudiera ser “Torredonalfonso”, por el rey Batallador, que la conquistó a la morisma en 1118, o “Villasantiago”, por el apóstol Santiago el Mayor, el primo hermano de Jesús -no me lo confundan con Santiago el Menor, hermano de madre de Jesús (este parentesco lo dicen los Evangelios, ¡eh!, que no yo, que solo hago referir)-, al que se le apareció la Virgen a orillas del Ebro el 2 de enero del año 40, viniendo por los aires con un coro de ángeles desde la mismísima Jerusalén, donde entonces residía María Santísima, para pedirle al sobrino que le erigiera un templo en su honor”. “Y una vez acabado todo este proceso y seleccionados por la comisión de expertos los nombres candidatos a sustituir al imperialista “Zaragoza”, se procedería a la votación popular correspondiente”. Yo propuse por mi parte llamarla Damasco de occidente pues de esta forma la describían unos viajeros árabes medievales, por la semejanza que tenía Zaragoza con la capital siria. Finalizaba diciendo “*Supongo que entienden la ironía”.


 

Ilustro esta entrada con algunas fotos de la estatua de Augusto que se levanta en Porta Cinegia, Plaza de España de Zaragoza y que es la última (y curiosa representación) de Augusto en nuestra ciudad, una reproducción gigante de la de Prima Porta pero en cartón piedra y que se hizo hace algunos años.


Enlace con el artículo de José Luis Corral Lafuente:

https://www.elperiodicodearagon.com/noticias/aragon/hay-cambiarle-nombre-zaragozaeuros_1426330.html

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