viernes, 3 de abril de 2020

La batalla de Ilerda (entre Cesar y Pompeyo

Valle del Cinca en Huesca y al fondo Lérida (desde la ermita de San Salvador en Fraga)

Seguimos con los romanos y sus legiones. Corría el año 56 antes de Cristo. No habían pasado ni dos décadas del fallecimiento de Quinto Sertorio y en Roma, capital del Imperio más importante de la época tres influyentes generales César, Pompeyo y Craso, se reparten el poder en una nueva bellum civile. La personalidad de César ha crecido tras la conquista de las Galias. Pompeyo se alía con la nobleza romana temeroso del afianzamiento de aquel, sobre todo tras la desaparición de Craso. Todos estos acontecimientos serán preludio de un nuevo enfrentamiento en la cabeza de la civilización, pero que llevará a ambos bandos a pelear de nuevo en el escenario del valle del Ebro. Pompeyo se había hecho fuerte en la tarraconense tras absorber las clientelas establecidas por el general oscense, así como también había recuperado las ganadas por su padre. Además había fundado una ciudad con su propio nombre y que es el origen de Pamplona.

César, tras cruzar el Rubricón y hacerse con el poder en Roma, embarcó hacia Hispania con el fin de que no se reprodujeran los episodios que el sabino había protagonizado veinte años antes. De las márgenes del Rubricón, César pasó a las orillas del Ebro y en Ilerda (Lérida) logró una importante victoria sobre los pompeyanos, dejándole el camino libre para el control del valle. Insigne estadista y general romano, es una de las grandes figuras de la Antigüedad y aun de todos los tiempos. Ya había estado en Hispania en el año 69 a.C., como cuestor de Cayo Antístio, pretor de la provincia Ulterior. A mediados del 61 a.C. volverá como propretor a la misma provincia hasta el verano del 60 a.C., lo que le permite rehacer su fortuna y ejercer durante un cierto tiempo el mando militar. Al regresar a Roma establece el «primer triunvirato» con Craso y Pompeyo, llegando un año más tarde al consulado y obteniendo el gobierno de las Galias.

Mequinenza nuevo (Zaragoza) y al fondo el "Aguabareix" entre los ríos Cinca y Segre

Cuenta Cesar que a los dos días de estas operaciones ocurrió un percance súbito; se desencadenó tal tormenta, que no se recordaban lluvias más copiosas en aquellos lugares. Esto hizo fundir la nieve en todas las montañas y ocasionó el desbordamiento del río [Segre]; los dos puentes que Gayo Fabio había tendido se los llevó en un mismo día. Esto acarreó al ejército de César graves inconvenientes. En efecto: hallándose el campamento entre los dos ríos; Segre y Cinca, separados por un trecho de treinta millas, como ninguno de los dos podía atravesarse, se encontraban los hombres irremediablemente confinados en tan exiguo terreno. Ni podían hacer llegar trigo de las ciudades que se habían aliado con César, ni regresar los forrajeadores que se habían alejado demasiado, pues los ríos les cerraban el paso, ni unos importantes convoyes procedentes de Italia y Galia podían tampoco alcanzar el campamento. Por otra parte era la época más crítica, cuando los trigos no estaban aún amontonados ni les faltaba mucho para la sazón; y las ciudades estaban desprovistas porque Afranio, antes de la llegada de César, había concentrado en Ilerda casi todo el grano, y si quedó algún resto. César no había consumido en días anteriores; el ganado, que hubiera podido ser muy útil en tal escasez, había sido alejado por los habitantes de las ciudades vecinas por miedo a la guerra. A los que habían ido por forraje y trigo les hostigaba la caballería ligera de los lusitanos y los rodeleros de la Hispania Citerior, buenos conocedores de aquel terreno, que podían fácilmente atravesar el rio a nado, pues todos tenían la costumbre de no acudir a filas sin ir provistos de odres.

En cambio, el ejército de Afranio disponía en abundancia de toda clase de provisiones y con anterioridad había recogido y almacenado gran cantidad de trigo, y se le seguía suministrando desde toda la provincia. Tenía a mano forraje en gran abundancia. Facilitándole disponer de todas estas provisiones, sin peligro alguno, el puente de Ilerda y las regiones intactas de la otra parte del río, a donde César no podía alcanzar de ningún modo.

Duró aquella crecida varios días. Intentó César reconstruir los puentes, pero ni lo permitía la riada ni las cohortes del enemigo que estaban apostadas en la orilla. Fácil les era impedirlo tanto por la configuración misma del cauce y crecida del caudal como porque desde la otra orilla se arrojaban los proyectiles contra un lugar solo, y por añadidura, estrecho; con lo que resultaba difícil hacer construcciones en medio de una corriente rapidísima y esquivar al mismo tiempo los dardos.

Recibe Afranio noticia de que importantes convoyes destinados a César se hallaban detenidos ante el rio. Allí habían llegado arqueros enviados por los rutenos y jinetes de la Galia con muchos carros y aparatosa impedimenta, según la práctica corriente entre los galos. Había además unos seis mil hombres de toda condición, con sus esclavos e hijos, pero sin orden ni mando fijo, siendo así que cada uno resolvía por su cuenta y todos marchaban sin temor, habituados a la despreocupación de las etapas de los días anteriores. Había bastantes jóvenes de buena familia, hijos de senadores y caballeros, había legaciones de ciudades y también legados de César, todos ellos detenidos por la riada. Sale Afranio, para acometerlos, siendo aún de noche, con toda la caballería y tres legiones; y haciendo tomar la delantera a los de a caballo, les atacó desprevenidos. Con todo, los jinetes galos se aprestan rápidamente y traban combate; y con ser pocos, mientras se pudo luchar en igualdad de armas, resistieron a la multitud de enemigos, pero cuando empiezan a acercarse las enseñas de las legiones, se repliegan, con pocas bajas, a las montañas próximas. El tiempo que duró este encuentro ofreció a los nuestros magnífica oportunidad para ponerse a salvo, pues aprovechando el intervalo, se retiraron a lugares más elevados. Las pérdidas en aquel día fueron alrededor de doscientos arqueros, unos cuantos jinetes y un número no considerable de acemileros y bagajes.

Via Augusta atravesando los Monegros y paralela a la autopista

Las repercusiones de esta victoria fueron considerables en la vida de los pueblos del valle, pues la mayor parte de las ciudades y poblados situados en posiciones estratégicas fueron destruidos o abandonados y obligados a asentarse en la vega como en el caso de Azaila o también Botorrita y Fuentes de Ebro. El fuerte contingente de hombres traídos por César -entre los que se hallaban jóvenes de la nobleza romana, además de representantes de las ciudades- favorecerá la política de romanización llevada a cabo por César a partir de este momento. Tras el final de las guerras cesarianas, con el definitivo triunfo de César sobre Pompeyo en la batalla de Munda (45 a.C.), la guerra no volverá durante siglos a esta zona.


César se proclamó Dictador perpetuo hasta su muerte en el año 43 a.C., asesinado en el famoso Idus de Marzo a manos de Bruto y Casio. Tras la muerte de César se estableció un nuevo triunvirato entre Marco Emilio Lépido (el romano más rico por entonces), Octavio César (sobrino nieto del asesinado dictador y heredero suyo) y Marco Antonio (en principio el mejor situado de los tres). Reparto de poder que acabó en una nueva guerra civil que concluyó en la batalla de Actium, el año 31 a. C., con la derrota de Marco Antonio y Cleopatra. Tres años después, en el 27 a. de C., Octavio es aclamado imperator y jefe militar de Roma y a la vez se proclama Augusto o detentador del poder religioso, devolviendo la Res pública al Senado. Éste le rogó encarecidamente que aceptara la protección y defensa del Estado con poderes extraordinarios, estableciendo de esta manera el Imperio. Pero nada de esto importaba en Hispania, donde un reducto de cántabros y astures andaban a la greña continua por la presencia cada vez más asfixiante de las centurias y sus aliados. Seguramente por terminar con este problema, quizás por el propio prestigio personal y quizás por todo un poco, Octavio se puso en viaje hacia Hispania.


Valle del bajo Cinca, escenario de las guerras cesarianas

Fuente:
Sancho Rocher, Laura. “Guerras cesarianas” en Gran Enciclopedia Aragonesa (tomo 6) Ediciones Unali. Zaragoza 1981.

García Moreno, Luis A. Historia Universal: “La Antigüedad clásica” (2), 






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